¿Quién nos escucha? . . .
Mafalda, "Súper El Niño" y la soledad de quien lo ve venir . . .
Hoy volví a ver a Mafalda, pero ya no en las historietas de siempre: en reels que reproducen a la eterna niña-adulta juzgando y aprendiendo del mundo de los grandes.
Sus decepciones y sus frustraciones frente a una humanidad desarticulada y por momentos deshumanizada siguen vigentes, como si el tiempo no hubiera pasado desde que Quino las vio y las plasmó en esa imagen inocente y tierna.
Pero yo no soy Quino.
No tengo a Mafalda a mi lado para que diga por mí lo que cuesta decir.
Tengo personas de carne y hueso, con necesidades, emociones, proyectos y frustraciones.
Una vez construimos un sistema operativo pensado para que las personas y las comunidades fueran mejores. No era un sistema operativo informático. Era una forma de organizar capacidades humanas, relaciones de intercambio, producción y cooperación. Una experiencia que demostró que las personas podían encontrar respuestas colectivas cuando las estructuras habituales dejaban de ofrecerlas.
Lo impulsamos en el país, pero desde el poder, en el momento culminante de su desarrollo, alguien desde la Casa Rosada dijo:
¡NO!
Y cayó. No murió: se redujo.
Aprendió a protegerse, a hacerse menos visible, a superar obstáculos.
Pasaron los años. El planeta continúa acumulando los efectos de décadas de emisiones de dióxido de carbono, mientras la policrisis se instala en distintas dimensiones de la vida humana.
Nuestro sistema operativo, mientras tanto, desarrolló resiliencia. Planteó darle vida al movimiento prosumidor. Así surgió 1mpul50, bajo la idea de que hacia 2050 las cosas estarían más complejas.
Pero “El Niño” empieza a mostrar que el reloj se adelantó, y ya cobró alguna vida.
Y entonces, la pregunta:
¿Quién nos escucha?
ya no tenemos la energía de antes.
buscan sus propias salidas dentro del programa mental que el sistema les impuso.
están en otro plano, atravesando lo suyo, que no es poco.
Esta pregunta no la hago desde el reproche. La hago desde la soledad de quien lo ve y siente que no tiene a quién decírselo.
“Una soledad cruel y descarnada.”
Pero también sé que es una pregunta incompleta: a mí me escucharon. Lo dije en jornadas de clubes de trueque, en mi grupo más cercano, con mis hijos. Y lo que escucharon de mí, hoy lo ven en los noticieros.
Quizás el problema no sea que nadie nos escucha. Vivimos rodeados de información, advertencias y diagnósticos. El problema es que escuchar no significa comprender, y comprender tampoco significa estar dispuesto a cambiar. Entre saber que algo puede suceder y desarrollar capacidades para enfrentarlo hay una distancia enorme.
No necesitamos coincidir en cómo será el futuro ni en cuándo llegarán sus mayores dificultades. Alcanza con reconocer que nuestras formas de producir, alimentarnos, intercambiar, educarnos y cuidarnos tienen vulnerabilidades que ya están a la vista. Prepararse no significa esperar una catástrofe: significa recuperar capacidades que quizás mañana necesitemos y que hoy todavía podemos construir.
Tal vez ese sea hoy el mensaje:
No esperemos a ser muchos
para empezar a ser de ayuda.

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