Cuando el conocimiento incomoda: Ciencia, Poder y Silencios en tiempos de colapso . . .
Cuando la sensación de certeza y los “cimientos inquebrantables” de una sociedad flaquean ante la evidencia de las consecuencias del cambio climático, surge una pregunta inevitable: ¿cómo reaccionan las personas comunes?
Cuando la evidencia climática desafía estructuras sociales, económicas y culturales consolidadas, las respuestas no son homogéneas. Se despliegan, en cambio, una serie de mecanismos psicológicos, sociales e institucionales que condicionan la capacidad colectiva de aprendizaje.
Indiferencia y normalización. Muchas personas tienden a normalizar los cambios ambientales, interpretándolos como variaciones naturales. Este “sesgo de normalidad” reduce la percepción de urgencia, especialmente cuando los impactos se manifiestan de forma gradual.
Procrastinación colectiva. La gradualidad del deterioro ambiental favorece la postergación sistemática de decisiones. Las urgencias inmediatas —económicas, sanitarias o de seguridad— desplazan permanentemente la crisis climática hacia un “después” indefinido.
Ansiedad e indefensión aprendida. Frente a problemas percibidos como inmanejables, emerge una sensación de impotencia. Cuando se instala la idea de que “nada de lo que haga cambia las cosas”, muchas personas optan por la desconexión emocional.
Diferencias generacionales. Las generaciones jóvenes suelen manifestar mayor preocupación y disposición a la movilización, aunque con menor poder institucional. Los sectores de mayor edad, pese a haber presenciado procesos de degradación prolongados, muestran mayor resistencia al cambio estructural.
Falta de aprendizaje colectivo. La experiencia directa de eventos extremos no garantiza, por sí sola, transformación social. Sin marcos institucionales, narrativas pedagógicas y políticas coherentes, la vivencia se diluye sin traducirse en acción sostenida.
Descrédito y retardismo climático. Se ha consolidado un discurso que, sin negar explícitamente el cambio climático, sostiene que las soluciones son “demasiado costosas”, “prematuras” o que “la tecnología futura resolverá el problema”. Este enfoque, frecuentemente promovido por intereses económicos, busca diluir la urgencia y deslegitimar las demandas de transformación.
En este contexto, quienes alertan sobre los riesgos sistémicos suelen ser percibidos como actores incómodos: respetados en abstracto, pero frecuentemente silenciados, desacreditados o marginados en la práctica.
Esta dinámica no se limita al plano social. También se manifiesta en los dispositivos institucionales de validación del conocimiento.
En mi experiencia concreta, este fenómeno se materializó en el proceso de evaluación realizado por la plataforma SocArXiv (Open Science Framework), que rechazó reiteradamente trabajos revisados y reformulados, argumentando falta de adecuación a criterios de “investigación académica aceptable”, sin habilitar instancias sustantivas de debate metodológico o conceptual.
No se trata aquí de un conflicto personal sino de un ejemplo ilustrativo de cómo ciertos mecanismos de validación pueden operar como filtros conservadores frente a propuestas interdisciplinarias, territoriales o sistémicas que no encajan plenamente en moldes disciplinares dominantes.
Resulta paradójico que plataformas que se presentan como promotoras de la ciencia abierta y la diversidad epistemológica reproduzcan, en la práctica, lógicas de exclusión basadas en criterios opacos, estandarizaciones implícitas y jerarquías informales de legitimidad.
Estas dinámicas no solo afectan trayectorias individuales. Configuran, en conjunto, un ecosistema de producción de conocimiento que tiende a privilegiar la repetición segura por sobre la exploración crítica, y la conformidad metodológica por sobre la innovación responsable.
Registrar estas experiencias no responde a un impulso de denuncia personalista, sino a una necesidad de documentación pública. Lo que hoy me ocurre a mí, mañana puede afectar a otros investigadores, especialmente a quienes trabajan desde territorios periféricos, enfoques híbridos o posiciones institucionales no hegemónicas.
La ciencia, si aspira a cumplir una función social relevante en contextos de policrisis planetaria, no puede sostenerse sobre dispositivos cerrados, autorreferenciales o defensivos. Requiere apertura real al disenso informado, a la experimentación responsable y a la pluralidad de escalas y saberes.
La resiliencia, entendida como proceso activo de reorganización social y ecológica, demanda también una resiliencia epistemológica: la capacidad institucional de aprender, corregirse y transformarse frente a evidencias incómodas.
Este texto busca, modestamente, contribuir a ese proceso. No desde la confrontación estéril, sino desde el registro crítico, argumentado y verificable de una experiencia situada.
En tiempos de incertidumbre creciente, defender la integridad del conocimiento implica también examinar con honestidad los dispositivos que lo regulan.

Comentarios
Publicar un comentario