"La Olla no es Aval si se Presta"

Crónica desde un futuro que todavía podemos evitar

En el invierno de 2032, cuando las sudestadas ya entraban sin pedir permiso y las góndolas de los supermercados parecían museos vacíos, la gente volvió a hacer lo que siempre hace cuando el mundo se rompe: juntarse alrededor de una olla.

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No era una olla cualquiera. Era una olla comunitaria, hecha de manos, saberes, semillas, hornos de barro y mesas largas. Era una Red de Trueque viva, nacida de la necesidad y de la inteligencia colectiva.

Al principio funcionaba como un reloj de agua: cada quien traía lo que sabía hacer, lo que cultivaba o lo que elaboraba, y a cambio recibía créditos sociales que solo servían para una cosa: seguir intercambiando dentro de la comunidad.

No eran dinero. No se ahorraban. No daban poder. Solo permitían que la comida siguiera circulando.

Y entonces apareció la idea que lo cambió todo.

La tentación

Alguien propuso algo “lógico”:

“Si la gente necesita créditos para intercambiar, ¿por qué no venderlos? Total, así entra dinero para sostener la red.”

Sonaba razonable. Incluso parecía profesional.

Así empezaron a aparecer personas con muchos más créditos que el resto. No porque produjeran más pan, más verduras o más servicios… sino porque los compraban en otro lado y los traían.

Al principio fue invisible. Luego fue incómodo. Y finalmente fue devastador.

Cuando la olla dejó de alcanzar

Los que tenían montañas de créditos empezaron a llevarse los productos escasos: harina, aceite, proteínas, elaborados. No hacían nada ilegal. Solo ejercían un poder nuevo: el poder de compra concentrado.

Los demás, los que producían de verdad, empezaron a notar que sus créditos rendían cada vez menos. La olla seguía hirviendo… pero siempre había los mismos cucharones.

Entonces los precios en créditos subieron. No porque faltaran cosas, sino porque había demasiados créditos persiguiendo la misma comida. La moneda social, creada para circular, había sido colonizada por una lógica ajena.

La ilusión fatal

Algunos decían: “No importa, los créditos vienen con respaldo. Hay gente que responde por ellos.”

No puedes ofrecer garantía sobre algo que ya no controlas.

No puedes responsabilizarte de tu sustento si lo has dejado en manos ajenas.

Si los créditos se venden, se compran y se traen desde afuera, ¿quién controla su cantidad? ¿quién controla su destino? ¿quién responde cuando rompen el equilibrio?

El clima no perdona errores financieros

Mientras tanto, el clima hacía lo suyo: cosechas fallidas, caminos cortados, energía intermitente. La Red de Trueque había nacido para ser un refugio frente a eso. Pero la venta de créditos la convirtió en una copia barata del sistema que se estaba cayendo.

El dinero volvió a mandar. La cooperación se volvió competencia. La confianza se volvió sospecha. Y cuando la confianza se va, ninguna olla alcanza.

Las reglas que hoy todavía pueden evitarlo

  • Los créditos no pueden circular más rápido que la producción real.
  • Ninguna persona debería concentrar poder de compra muy por encima del resto.
  • Los créditos no son mercancía: son permiso temporal para intercambiar.
  • La riqueza de la red está en las mesas, no en las billeteras.
  • Los nodos son comunidades, no mercados.

Hoy, todavía estamos en 2026. La olla está en el fuego. La red está naciendo. Y todavía podemos decidir si los créditos van a ser sangre que circula… o oro que se estanca.

Porque una cosa es segura: la olla no es aval si se presta. Y el futuro no perdona a quienes convierten la cooperación en negocio cuando el mundo se está incendiando. 🌎🔥

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