Autogestión o asistencia: la elección que marcó una Generación
Hoy, a principios de 2026, miramos hacia atrás y los números nos devuelven un espejo incómodo. Lo que hace 24 años parecía una “solución de emergencia” se convirtió en un paisaje estructural.
Para entender por qué estamos donde estamos, hay que volver al momento en que el territorio dejó de ser un laboratorio de autogestión y pasó a convertirse en un mapa de asistencia.
En 2002, Argentina tenía dos caminos. Uno era el de las Redes de Trueque, que —con sus fallas y aciertos— movilizaban a millones de prosumidores en una economía de escala humana. El otro era el de los Planes Sociales (como Jefas y Jefes), diseñados desde la urgencia estatal. Ganó el segundo. Y no fue casualidad.
1) El diseño desde el escritorio vs. la vida en el barro
El primer gran error fue diseñar desde el centro y no desde el territorio.
Mientras las redes de trueque nacían de la necesidad biológica de intercambiar saberes y productos, los planes sociales se pensaron como una transferencia monetaria plana. El Estado no leyó la riqueza de los nodos; leyó la carencia. Al imponer una solución externa, se asfixió la capacidad local de respuesta.
2) De la moneda social al subsidio: el fin de la sostenibilidad
Los programas sociales fracasan cuando priorizan el corto plazo.
El trueque tiene su propia moneda (el crédito), que solo funcionaba si hay producción. Es un sistema de resiliencia. El plan social, en cambio, introdujo una lógica de dependencia: el recurso ya no dependía de lo que la comunidad podía hacer, sino de la voluntad de un funcionario o de un intermediario.
En 2026 vemos el resultado: dos generaciones atrapadas y una tercera creciendo dentro del mismo molde, en un esquema que asiste, pero no incluye productivamente.
3) Fragmentación y “desanclaje” juvenil
Uno de los efectos más dolorosos que medimos hoy es el desplazamiento de las juventudes.
Al desactivar las redes de autogestión para imponer el subsidio, se rompió la cultura del oficio. El prosumidor fue reemplazado por el beneficiario.
En ese vacío de propósito, otros actores ocuparon el territorio. Donde antes había un nodo de intercambio, hoy muchas veces encontramos una red de narcomenudeo. La inseguridad y el consumo que nos golpean hoy no son “mala suerte”; son el subproducto de haber dejado al territorio sin una arquitectura de sentido.
4) El costo de la visibilidad sobre el impacto
En 2002 y 2003, la campaña mediática fue feroz.
Se presentó al trueque como “caos” o “estafa”, mientras se pintaba al plan estatal como “orden”. Se priorizó la reputación del modelo político por sobre el impacto real en la autonomía de la gente. Se buscó que la gente “agradeciera” un subsidio en lugar de “ejercer” su soberanía económica.
Esa distorsión alimentó el clientelismo que hoy es una barrera casi infranqueable para el desarrollo.
5) La corrupción como “falla de sistema”
Esto no es una acusación a personas, sino una observación del modelo: un sistema que asiste sin empoderar termina, inevitablemente, consolidando estructuras de poder que necesitan que la pobreza continúe para seguir existiendo.
Cuando el ingreso depende de la obediencia, la corrupción no es una anomalía: es una consecuencia.
6) El regreso del Prosumidor: la lección aprendida
A pesar de este panorama, en 2026 vemos que los movimientos prosumidores —como 1mpul50— están volviendo a encenderse. ¿Por qué? Porque la gente entendió que el Estado puede dar un subsidio, pero no puede dar comunidad ni futuro.
El prosumidor está regresando como una “especie clave” que intenta reparar el ecosistema. Estamos aprendiendo, por las malas, que:
- La economía real está en la raíz, no en la transferencia bancaria.
- La seguridad no es más policía, sino más comunidad organizada.
- El trabajo es un derecho a crear, no solo un cheque de subsistencia.
Entonces:
Analizar el fracaso del modelo de asistencia desde 2002 no es un ejercicio de nostalgia. Es una necesidad para no repetir el ciclo. La salida no es más de lo mismo, sino recuperar la arquitectura pentádica: visión, sujeto, base productiva, eficiencia y, sobre todo, un territorio que no pida permiso para existir.
Es hora de volver a lo Obvio: nadie se salva solo, y nadie se sana recibiendo lo que puede construir con sus propias manos.

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