Cuando el empleo se retrae y el clima avanza: Surge el prosumidor como respuesta a la policrisis
En los últimos días comenzaron a circular datos que, tomados por separado, podrían parecer simples indicadores económicos. Leídos en conjunto, revelan algo más profundo: un reordenamiento forzado del territorio en plena policrisis climática.
Cierre de PyMEs. Profesionales formadas quedando fuera del sistema laboral formal. Despachos estatales que se achican, programas que se disuelven, contratos que no se renuevan.
Y, al mismo tiempo, cortes de energía, inundaciones recurrentes, incendios forestales, olas de calor y estrés hídrico que ya no son “eventos excepcionales”, sino parte de una nueva normalidad.
La policrisis no es una idea abstracta: se vive en el territorio
Cuando una profesional ambiental pierde su trabajo, no es solo una historia personal: es una señal sistémica. Significa menos capacidad técnica para anticipar riesgos, menos seguimiento ambiental, menos planificación, menos cuidado del territorio. Y eso ocurre justo cuando el territorio más lo necesita.
El cambio climático no espera a que se ordenen las variables macroeconómicas. No negocia con ciclos electorales. No suspende eventos extremos hasta que “mejore el empleo”. Mientras se reacomodan estructuras, la naturaleza acelera procesos.
La falsa promesa: “la solución vendrá desde arriba”
Durante décadas se nos enseñó a esperar: políticas públicas estables, empleo registrado creciente, protección institucional permanente. Hoy esa promesa muestra límites evidentes.
El mismo Estado que debería amortiguar la transición climática reduce capacidad operativa. El mercado, por sí solo, no absorbe a quienes quedan fuera. Y las desregulaciones laborales, por ahora, no producen un efecto visible de reactivación del empleo formal.
No es una acusación: es una constatación. En este contexto, seguir esperando soluciones exclusivamente verticales es quedar expuestos.
No es “volver al trueque”: es algo mucho más serio
Cada vez que se habla de reorganización comunitaria aparecen reflejos automáticos:
- “Eso ya se probó.”
- “Eso es volver al trueque.”
- “Eso es retroceder.”
No. Lo que necesitamos no es retroceder, sino actualizar el sistema operativo social. En otras épocas, nuevos actores no pidieron permiso para existir: crearon circuitos, oficios, intercambio y reglas para sostener la vida y la producción.
Hoy el escenario es más hostil: crisis climática activa, infraestructuras frágiles, alta dependencia externa y mecanismos insuficientes de defensa territorial. Por eso no alcanza con “intercambiar bienes”. Hace falta organizar capacidades.
El rol que emerge: el prosumidor
Producir lo que se consume. Consumir lo que se produce. Pero, sobre todo: participar conscientemente del sistema que sostiene la vida cotidiana.
El prosumidor no es un improvisado ni un “plan B” romántico. Es una figura adaptativa: alguien que combina saber técnico con práctica situada, entiende el territorio que habita, coopera en red, reduce dependencias críticas y construye resiliencia desde abajo.
El prosumidor no reemplaza al Estado ni compite con el mercado. Completa lo que hoy está faltando cuando el empleo se retrae y el clima avanza.
Unir mentes antes que levantar estructuras
En este momento histórico, la prioridad no es lanzar grandes programas ni levantar obras masivas. La prioridad es articular personas, experiencias, saberes y miradas. Construir confianza. Compartir diagnósticos reales. Aprender a operar en condiciones de incertidumbre.
Frente al cambio climático, la adaptación no es solo técnica: es organizativa, cultural y relacional. Las comunidades que atraviesan mejor escenarios críticos no siempre son las que tienen más recursos, sino las que saben coordinarse mejor.
Una brújula para el tiempo que viene
Este espacio no existe para ofrecer soluciones mágicas. Existe para ordenar pensamiento en medio del ruido: la normalidad anterior no vuelve; la espera pasiva nos deja vulnerables; la reorganización territorial es urgente; y la salida no será individual.
No se trata solo de sobrevivir. Se trata de reaprender a habitar el territorio en condiciones cambiantes. El futuro no se improvisa: se ensaya, se prototipa y se construye colectivamente.
Si esta idea te resuena, el primer paso es simple: conversemos. Unir mentes, experiencias y puntos de vista puede ser hoy la diferencia entre quedar a la intemperie o empezar a diseñar defensas reales frente a la policrisis.
Porque cuando las instituciones fallan y el clima se vuelve imprevisible, la infraestructura que más vale es la humana.
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