Australia como “Espejo del Sur”: ¿y por Casa Cómo andamos?
Australia no queda lejos cuando se trata de clima. No porque compartamos historia o cultura, sino porque estamos parados en una franja del planeta donde el calor, el agua y el territorio juegan fuerte. Muy fuerte.
En los últimos meses, Australia empezó a funcionar como un espejo incómodo del futuro cercano: olas de calor extremas, incendios más intensos, lluvias torrenciales, presión sobre hospitales, energía e infraestructura. No como una hipótesis, sino como realidad medida.
Y la pregunta aparece sola, sin pedir permiso:
¿Y por casa cómo andamos?
Australia acaba de publicar su informe oficial State of the Climate 2024. No es un artículo de opinión ni una campaña ambiental: es el diagnóstico técnico del propio Estado australiano.
¿Qué dice, en síntesis?
- El país ya se calentó alrededor de 1,5 °C desde comienzos del siglo XX.
- Las olas de calor son más frecuentes, largas y peligrosas.
- Las temporadas de incendios se extendieron.
- Las lluvias intensas descargan más agua en menos tiempo.
- El nivel del mar sigue subiendo, afectando zonas costeras.
Hasta acá, alguien podría pensar: “sí, cambio climático, ya lo sabemos”.
Pero el punto verdaderamente crítico no es solo que haya más eventos extremos. Es que empiezan a ocurrir al mismo tiempo.
El propio gobierno australiano advierte sobre riesgos en cascada, compuestos y concurrentes. Traducido: calor extremo + incendios + cortes de energía + hospitales saturados + problemas de agua, todo junto.
Cuando eso pasa, el problema deja de ser climático y pasa a ser sistémico.
Y acá aparece la clave que nos interpela desde el sur del mundo:
Si un país con alta capacidad técnica, recursos y planificación empieza a tensarse… ¿qué margen tenemos nosotros cuando ocurren impactos similares?
Argentina y Australia no son iguales, pero comparten rasgos que importan:
- Grandes extensiones territoriales.
- Economías atravesadas por el agro y los recursos naturales.
- Población concentrada en ciudades y zonas costeras o ribereñas.
- Alta exposición a calor, sequías, inundaciones e incendios.
Por eso, lo que hoy vive Australia funciona como alarma temprana, no como anécdota lejana.
La pregunta entonces no es si “nos va a pasar lo mismo”. No funciona así.
La pregunta real es otra:
- ¿Qué pasa cuando el calor extremo deja de ser excepcional?
- ¿Qué pasa cuando el agua sobra en un momento y falta en el siguiente?
- ¿Qué pasa cuando salud, energía y transporte se estresan a la vez?
- ¿Qué pasa cuando los eventos se encadenan más rápido de lo que el Estado puede responder?
Ahí es donde el cambio climático deja de ser “ambiental” y se vuelve social, económico y territorial.
Australia también muestra otra cosa importante: no alcanza con prometer objetivos a 2030 o 2050 si la adaptación no ocurre ahora.
Prepararse no es solo reducir emisiones. Es:
- Diseñar ciudades que resistan calor e inundaciones.
- Fortalecer redes comunitarias reales, no solo protocolos en papel.
- Garantizar agua, energía y alimento en contextos inestables.
- Entrenar respuestas antes de la emergencia, no durante.
Porque lo que no se practica, no aparece cuando hace falta.
Australia no nos está diciendo “miren qué mal estamos”.
Nos está diciendo algo mucho más útil:
“Esto ya empezó. Todavía hay margen, pero no para improvisar”.
La diferencia entre colapso y resiliencia no suele estar en la tecnología de punta, sino en la capacidad de anticiparse, organizarse y cooperar.
Y ahí sí, la pregunta vuelve, insistente:
¿Y por casa cómo andamos?
Responderla no es pesimismo. Es inteligencia colectiva.

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