Cuando el Estado sabe… y Recorta


Previsibilidad es una palabra elegante para una idea muy simple: poder anticipar qué va a pasar lo suficiente como para no caminar a ciegas. No elimina el riesgo, pero le pone barandas. En un mundo que se siente cada vez más descontrolado, la previsibilidad es una forma de poder.

Durante décadas, ese poder se sostuvo en la economía, en el derecho, en la política. Reglas claras, contratos estables, marcos regulatorios. Pero el siglo XXI trajo un invitado que no respeta ninguna de esas fronteras: el clima.

El cambio climático no solo trae desastres. Trae algo peor: rompe la capacidad de anticipar. Los modelos basados en el pasado dejan de servir cuando el sistema físico del planeta entra en una fase de aceleración. Ya no llueve “como siempre”, no hace calor “como antes”, no se inunda “cada tanto”. Todo se vuelve más extremo, más irregular, más difícil de prever.

Y sin embargo, algo curioso ocurre: mientras la vida cotidiana se vuelve más caótica, los modelos científicos se vuelven más precisos.

Argentina tiene una de esas herramientas: el Sistema de Mapas de Riesgo del Cambio Climático (SIMARCC). No trabaja con recuerdos del clima, sino con proyecciones. Para 2030, 2050 y más allá. Para escenarios de emisiones medias (RCP 4.5) y altas (RCP 8.5). Para territorios reales, no para abstracciones.

La imagen que acompaña esta nota no es una ilustración. Es una salida directa de SIMARCC: “Días con más de 20 mm de precipitación” proyectados para el período 2026–2045 bajo un escenario RCP 4.5. Traducido al idioma de la calle: cuántos días por año van a caer tormentas lo suficientemente fuertes como para saturar desagües, colapsar calles y convertir barrios en cuencas improvisadas.

El AMBA aparece teñido de rosado intenso. Quilmes, Bernal, Avellaneda, Lanús y la ribera del Río de la Plata quedan dentro de un mismo corredor de tormentas más frecuentes y más violentas. No es opinión. Es cartografía oficial del futuro cercano.

Y aquí aparece la paradoja argentina: los modelos existen, pero el Estado que debería usarlos se achica.

El Proyecto de Presupuesto Nacional 2026 muestra un divorcio peligroso entre lo que sabemos y lo que financiamos:

  • La función “Ecología y desarrollo sostenible” recibe apenas el 0,14% del presupuesto.
  • El programa de Evaluación y Control Ambiental cae un 57,7% en términos reales.
  • El Servicio Nacional de Manejo del Fuego pierde casi un 70% de su presupuesto respecto a 2023.
  • El Fondo para Bosques Nativos recibe solo el 0,0107%, cuando la ley exige 0,3%.

En otras palabras: sabemos dónde va a llover más, pero recortamos a quienes deberían evitar que eso se convierta en desastre.

SIMARCC nos devuelve una forma nueva de previsibilidad: no la del mercado ni la de la ley, sino la del clima proyectado. Nos dice, con mapas y números, qué tipo de mundo se nos viene encima. Pero sin presupuesto, esa previsibilidad queda reducida a una advertencia.

El futuro ya no es completamente impredecible. Es financieramente ignorado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

MANIFIESTO

Confianza: la moneda que no pueden devaluar

Un patito y una sonrisa