El agua no invadió la ciudad: volvió al territorio
Las imágenes comparativas del territorio Quilmes–Bernal no necesitan demasiadas explicaciones. Colocadas una junto a la otra, muestran algo que suele quedar oculto detrás del discurso urbano: el agua no apareció de repente ni “avanzó” sobre la ciudad. El agua volvió a ocupar espacios que ya eran suyos en términos geológicos e hidrológicos.
Durante décadas, el crecimiento urbano ignoró esa memoria. Rellenó bajos, rectificó cursos de agua, fragmentó humedales y confió en que la infraestructura podría corregir cualquier límite físico. El cambio climático terminó de romper esa ilusión.
Mirar antes de interpretar
Por eso, la imagen comparativa del antes y el ahora se presenta aquí sin marcas, sin flechas y sin explicaciones superpuestas. No es una infografía interpretativa, sino un registro visual. La función de esa imagen no es convencer, sino recordar.
Recordar que:
- las lagunas estaban ahí, aunque fueran temporarias;
- los bajos cumplían una función hidráulica;
- el borde costero siempre fue dinámico;
- el escurrimiento lento no es un defecto, sino una característica del sistema.
Cuando el pasado reciente se repite
Los eventos de inundación de las últimas décadas en Argentina no son anomalías aisladas. Leídos en conjunto, funcionan como advertencias tempranas.
Algunos casos emblemáticos, ordenados cronológicamente, permiten entender el patrón:
Olavarría – Azul (1980)
Cuencas amplias, pendientes mínimas y lluvias concentradas activaron simultáneamente todo el sistema hidrológico. No fue solo “llovió mucho”: fue la reactivación completa de la cuenca holocena. El agua no tenía adónde ir rápido. Hizo lo que siempre hizo: expandirse lateralmente.
Pergamino (1995)
Un caso-escuela. Un evento extremo (más de 300 mm en pocas horas) encontró un arroyo rectificado, parcialmente entubado y rodeado por urbanización sobre bajos históricos. El sistema fluvial fue forzado a comportarse como un canal, pero el evento climático lo devolvió a su lógica territorial. El resultado no fue magia, sino física: alturas de agua superiores a los tres metros por acumulación de energía sin disipación.
San Mauricio (2001)
Un caso menos visible, pero revelador. No quedó bajo agua de forma permanente, pero el impacto social fue suficiente para que la población no regresara. Esto introduce una variable decisiva: la inundación como punto de no retorno social, aunque el territorio físico siga siendo habitable.
La Emilia y Salto (2017)
Aquí aparece con claridad una variable crítica: la infraestructura como punto de falla. Terraplenes, defensas rígidas y obras pensadas para climas “normales” colapsaron cuando el evento superó su diseño. No hubo inundación gradual. Hubo ruptura súbita. Esto ya no es solo hidrología: es riesgo sistémico.
Qué nos dicen estos casos, juntos
Leídos en conjunto, estos eventos muestran tres procesos simultáneos:
- la reactivación de dinámicas holocenas (bajos, lagunas, expansión lateral);
- un cambio de régimen climático (eventos más intensos, concentrados y frecuentes);
- un desfase creciente entre ocupación humana y funcionamiento territorial.
El agua recuerda. La ciudad, muchas veces, no.
Rururbanidad: una respuesta territorial, no ideológica
En la cuenca baja Quilmes–Bernal, el problema ya no es solo proteger la ciudad, sino decidir qué usos del territorio son compatibles con sus condiciones físicas presentes y futuras.
Aquí emerge la rururbanidad, no como nostalgia rural ni como negación de la ciudad, sino como estrategia adaptativa.
La rururbanidad propone territorios de borde donde:
- la soberanía alimentaria reduce dependencia logística;
- la capacitación en oficios fortalece resiliencia social;
- los mercados de cercanía y monedas sociales amortiguan crisis;
- la vivienda de baja densidad y diseño adaptativo convive con el agua;
- las energías renovables dejan de ser excepción y pasan a ser norma.
No se trata de expulsar población ni de imponer modelos. Se trata de reconocer límites y abrir posibilidades.
Planificar también es saber decir no
Durante décadas, la planificación urbana evitó decir “no”. No a ciertas densidades. No a determinados usos del suelo. No a repetir modelos que ya no funcionan.
Hoy, decir “no” en algunos territorios es la condición para poder decir “sí” en otros. Sí a usos adaptativos. Sí a economías territoriales. Sí a formas de vida compatibles con un clima inestable.
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Las imágenes del antes y el ahora no anuncian una catástrofe inevitable. Funcionan como advertencia y como oportunidad. No estamos frente a un retroceso al pasado, sino ante la reemergencia de memorias territoriales bajo estrés climático.
La pregunta ya no es cómo seguir defendiendo la ciudad a cualquier costo, sino cómo seguir construyendo vida en territorios donde el agua, la historia y el futuro vuelven a encontrarse.

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