Rururbanidad y adaptación territorial en la cuenca baja Quilmes–Bernal
Durante gran parte del siglo XX, la ciudad fue presentada como la culminación natural del progreso. Urbanizar equivalía a mejorar las condiciones de vida: acceso a servicios, empleo, infraestructura, educación, movilidad. El crecimiento urbano, incluso cuando era desordenado, se asumía como un proceso inevitable pero deseable. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XXI, ese supuesto comenzó a resquebrajarse. No por razones ideológicas, sino por límites físicos, ambientales y sociales cada vez más evidentes.
El cambio climático ha introducido una variable que ya no puede ser ignorada en la planificación territorial: el territorio responde. El agua vuelve donde siempre estuvo, los suelos saturan, las infraestructuras colapsan, y las ciudades —especialmente en áreas bajas y costeras— muestran una fragilidad estructural que contradice la promesa histórica del urbanismo moderno. En este contexto, insistir en expandir el modelo urbano clásico ya no es solo ineficiente: comienza a ser irresponsable.
La cuenca baja del área metropolitana de Buenos Aires, y en particular el eje Quilmes–Bernal, constituye un caso paradigmático de esta tensión. Se trata de un territorio densamente poblado, atravesado por infraestructuras críticas, instituciones educativas —entre ellas la Universidad Nacional de Quilmes— y asentamientos residenciales que conviven con un riesgo hídrico creciente. Los escenarios de aumento del nivel del Río de la Plata, la mayor frecuencia de sudestadas y las lluvias intensas concentradas proyectan, hacia mediados del siglo XXI, una situación en la que amplias superficies del territorio quedarán recurrentemente por debajo del nivel anual de inundación.
Este trabajo parte de una afirmación incómoda pero necesaria: no todo territorio puede seguir siendo urbanizado del mismo modo, y no toda solución pasa por elevar defensas, entubar cursos de agua o reconstruir una y otra vez lo que el clima insiste en desarmar. Frente a esta realidad, emerge la necesidad de pensar usos del territorio alternativos, más adaptados a las condiciones ambientales presentes y futuras, y capaces de sostener formas de vida dignas sin negar los límites físicos del lugar.
Es en este punto donde aparece el concepto de rururbanidad:
La rururbanidad como concepto emergente
El término “rururbano” ha sido utilizado históricamente para describir espacios de transición entre lo rural y lo urbano: periferias, bordes, áreas de expansión de la ciudad sobre suelos agrícolas. En América Latina, estos territorios han sido frecuentemente asociados a informalidad, precariedad y déficit de servicios. Sin embargo, limitar la rururbanidad a una categoría descriptiva o residual impide ver su potencial como estrategia territorial consciente.
En este trabajo se propone una definición operativa de rururbanidad que se aleja tanto del romanticismo rural como de la nostalgia urbana:
Rururbanidad:
- Territorios de borde urbano situados en contextos de alta vulnerabilidad climática, donde la imposibilidad de sostener el modelo urbano clásico abre la oportunidad de desarrollar formas adaptativas de habitar, producir y organizar la vida, combinando prácticas productivas locales, economías sociales y solidarias, y criterios de resiliencia territorial frente al cambio climático.
La rururbanidad aparece donde la ciudad ya no puede cumplir lo que promete
Esta definición no presenta a la rururbanidad como un destino ideal ni como una solución universal, sino como una respuesta situada a condiciones territoriales específicas. No se trata de “volver al campo”, ni de negar la ciudad, sino de reconocer que existen zonas donde la densidad urbana, la lógica inmobiliaria y la dependencia absoluta de infraestructuras centralizadas resultan insostenibles en el mediano plazo.
En este sentido, la rururbanidad no es un modelo acabado, sino un campo de experimentación: un espacio donde pueden ensayarse formas de organización social, económica y productiva más compatibles con escenarios de inestabilidad climática y energética.
Cambio climático, degradación hídrica y límite del urbanismo clásico
La planificación urbana tradicional se construyó sobre la premisa de una relativa estabilidad ambiental. Las variables climáticas e hidrológicas eran consideradas excepciones, anomalías a corregir mediante obras de infraestructura, y no condiciones estructurantes del territorio. En las primeras décadas del siglo XXI, esa premisa ha quedado definitivamente obsoleta. El aumento del nivel del mar, la alteración de los regímenes de lluvia y la mayor frecuencia de eventos extremos obligan a repensar los criterios mismos de ocupación del suelo y de provisión de servicios básicos.
En territorios de cuenca baja y escurrimiento lento, como Quilmes y Bernal, el problema no se limita a la inundación ocasional asociada a sudestadas o lluvias intensas, sino a la acumulación progresiva de riesgo ambiental. Cada nueva urbanización, cada pavimento adicional y cada relleno de humedales reduce la capacidad natural del territorio para absorber agua, acelera los procesos de saturación y amplifica los impactos de los eventos climáticos. La respuesta habitual (más obras hidráulicas, más bombeo, más infraestructura dura) resulta cada vez más costosa, menos eficaz y, en muchos casos, incapaz de resolver las causas de fondo.
A esta fragilidad hídrica superficial se suma un problema menos visible, pero igualmente crítico: la degradación de la calidad del agua subterránea. Estudios recientes, entre ellos la actualización del Mapa del Arsénico elaborada por el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), evidencian la presencia de niveles elevados de arsénico en aguas subterráneas de múltiples localidades del Área Metropolitana de Buenos Aires y regiones cercanas. En algunos municipios del norte y oeste del conurbano bonaerense se registran concentraciones que superan ampliamente el valor guía recomendado por la Organización Mundial de la Salud (10 partes por billón), alcanzando niveles que multiplican por cinco o seis ese umbral.
La exposición crónica al arsénico (particularmente a través del consumo de agua proveniente de perforaciones individuales) constituye un riesgo sanitario significativo, asociado al desarrollo de Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico (HACRE) y a un aumento comprobado de patologías graves. Aunque las empresas prestatarias de agua potable aseguran que el suministro por red cumple con los valores regulados, la advertencia explícita de no consumir agua de pozos particulares revela una vulnerabilidad estructural: el modelo urbano depende de infraestructuras centralizadas que no siempre alcanzan a todo el territorio, y cuando estas fallan o no llegan, la alternativa local puede ser directamente riesgosa para la salud.
Este dato introduce un elemento clave para la planificación futura: el problema del agua en estos territorios no es solo de exceso, sino también de calidad. El urbanismo clásico, basado en la expansión residencial y la captación intensiva de acuíferos, se enfrenta así a un doble límite: la dificultad creciente para controlar el agua superficial y la pérdida de confiabilidad del agua subterránea como fuente segura de abastecimiento.
Frente a este escenario, la pregunta ya no es únicamente “cómo proteger la ciudad”, sino también dónde no seguir consolidando ciudad, y bajo qué condiciones es posible sostener vida, producción y organización social sin profundizar los riesgos existentes. Esta inversión del enfoque —pasar de la expansión defensiva a la selección territorial consciente— resulta central para cualquier política pública que aspire a ser sostenible en el tiempo.
En este marco, la rururbanidad ofrece un prisma conceptual para pensar estos territorios límite: zonas donde la función residencial permanente puede resultar inviable o riesgosa, pero donde otras formas de uso del suelo —productivas, comunitarias, logísticas, ecológicas— pueden desempeñar un rol estratégico en la adaptación territorial. Incorporar esta mirada implica aceptar que la resiliencia no se construye solo elevando defensas o redes, sino también redefiniendo qué actividades se desarrollan en cada espacio y con qué grado de exposición ambiental.
Economía social y resiliencia territorial
Uno de los aportes fundamentales de la rururbanidad, entendida en estos términos, es su articulación con la economía social y solidaria. En contextos de vulnerabilidad climática, la resiliencia no depende únicamente de obras físicas, sino de la capacidad de las comunidades para organizarse, cooperar y sostener redes de apoyo mutuo.
Las experiencias de producción local de alimentos, los circuitos cortos de comercialización, los sistemas de intercambio no monetario, los bancos de herramientas y los talleres comunitarios constituyen formas de infraestructura social que, aunque a menudo invisibilizadas, cumplen una función crítica en situaciones de crisis. Cuando el transporte se interrumpe, el dinero escasea o los servicios colapsan, son estas redes las que permiten amortiguar el impacto y garantizar un mínimo de continuidad en la vida cotidiana.
Desde esta perspectiva, la economía social no es un complemento “alternativo” del desarrollo, sino una pieza central de la adaptación climática. Integrar estas prácticas en la planificación territorial implica reconocer que la resiliencia es tanto organizacional como material.
El territorio Quilmes–Bernal como caso de estudio
La elección de la cuenca baja Quilmes–Bernal como área de análisis no es arbitraria. Se trata de un territorio donde convergen múltiples dimensiones de la problemática abordada: riesgo hídrico creciente, alta densidad poblacional, presencia de infraestructura estratégica y una universidad pública profundamente vinculada a su entorno.
La Universidad Nacional de Quilmes no es un actor externo a este proceso. Sus estudiantes, docentes y trabajadores habitan el mismo territorio que se analiza, se desplazan por las mismas calles y están expuestos a las mismas amenazas ambientales. Esta condición convierte al estudio en un ejercicio de reflexividad territorial: pensar el lugar desde dentro, con implicancias directas para quienes lo transitan cotidianamente.
En este contexto, el desarrollo de un Mapa de Exclusión y Oportunidad Rururbana se propone como una herramienta para articular conocimiento académico, experiencia territorial y criterios de política pública. El objetivo no es trazar fronteras rígidas ni emitir dictámenes definitivos, sino ofrecer una base informada para la toma de decisiones en escenarios de incertidumbre.
Planificar diciendo “no”
Uno de los mayores desafíos de la planificación contemporánea es recuperar la capacidad de decir “no”: no a ciertos usos del suelo, no a determinadas densidades, no a la repetición automática de modelos que ya no funcionan. Lejos de ser una postura negativa, esta negativa es una condición para abrir nuevas posibilidades.
El mapa propuesto en este trabajo se estructura en torno a tres categorías fundamentales: zonas de exclusión, zonas de uso adaptativo y zonas de oportunidad. Esta clasificación no pretende estigmatizar territorios ni justificar desplazamientos forzados, sino introducir un criterio básico de realismo territorial: no todos los espacios pueden cumplir las mismas funciones en un contexto de cambio climático acelerado.
Reconocer esta diversidad funcional es el primer paso para diseñar políticas públicas más sensibles, flexibles y ajustadas a la realidad física del territorio.
Un enfoque en construcción
Finalmente, es importante subrayar que la propuesta de rururbanidad desarrollada aquí no busca cerrar el debate, sino abrirlo. Se trata de un enfoque emergente, en construcción, que requiere ser contrastado con la práctica, enriquecido por experiencias locales y ajustado a las particularidades de cada territorio.
En tiempos donde las certezas escasean y los manuales del pasado pierden vigencia, pensar desde los bordes —urbanos, disciplinarios, institucionales— puede ser una de las pocas formas responsables de anticipar el futuro. La rururbanidad, entendida como estrategia de adaptación territorial, no promete soluciones mágicas, pero ofrece algo igualmente valioso: criterio para decidir dónde y cómo seguir construyendo vida en un mundo que cambia.
En la cuenca baja Quilmes–Bernal, donde el agua, la ciudad y la comunidad se encuentran en tensión permanente, esa pregunta ya no puede postergarse...

Comentarios
Publicar un comentario