Índice de Vulnerabilidad Social en Argentina: ¿Qué cambió? . . .

Comparar los censos nacionales de 2001 y 2022 invita, casi automáticamente, a preguntar si “estamos mejor o peor”. Sin embargo, el Índice de Vulnerabilidad Social (IVS) —construido a partir de datos censales oficiales y procesado con Redatam— permite formular una pregunta más incómoda y, por eso mismo, más productiva:

¿Cómo se reordenó la vulnerabilidad social en el territorio?

Para este análisis, el foco se coloca deliberadamente en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y en la Provincia de Buenos Aires, que concentra alrededor del 38,16 % de la población total del país según el Censo 2022. No se trata de ignorar el resto del territorio nacional, sino de trabajar sobre una región donde la densidad, la desigualdad y la fragmentación social alcanzan niveles críticos.

El AMBA no es un recorte menor: es un laboratorio social a escala real.

Qué mide (y qué no mide) el Índice de Vulnerabilidad Social

El IVS no es un indicador de ingresos ni de pobreza coyuntural. Es una medida multidimensional que integra variables estructurales vinculadas a: condiciones habitacionales, clima educativo del hogar, carga de dependencia económica, acceso a la salud, inserción socioeconómica.

Estas dimensiones no se modifican rápidamente. Arrastran historia, políticas públicas y formas de organización territorial. Por eso, el IVS no mide crisis puntuales, sino la capacidad (o incapacidad) de los hogares para enfrentar contextos adversos.

Trabajado con Redatam sobre los censos 2001 y 2022, el índice permite comparar territorios manteniendo criterios metodológicos estables, algo clave para evitar lecturas engañosas.

Qué pasó entre 2001 y 2022 (más allá del promedio)

En términos generales, el IVS promedio muestra un descenso entre ambos censos. Pero esta mejora aparente debe leerse con cautela.

Parte importante de esa variación se explica por transformaciones estructurales, entre ellas:

  • el marcado descenso de la natalidad.
  • el aumento de la escolarización y de la finalización del nivel secundario.

Ahora bien, este último punto requiere una aclaración central.

El aumento de la escolarización y de la terminalidad del secundario no se tradujo en una mejora proporcional de la calidad de los aprendizajes ni en una reducción sustantiva de las desigualdades educativas. Se trató de una decisión política clave, orientada a ampliar el acceso y promover la inclusión social, pero su impacto en el aprendizaje real de los jóvenes ha sido limitado. O sea que más años en la escuela no implicaron automáticamente más capacidades efectivas, y esto tiene consecuencias directas sobre la vulnerabilidad social a largo plazo.

Cuando se baja la escala, el mapa cambia

A nivel provincial o de partido, el AMBA suele aparecer como una región de vulnerabilidad “intermedia”. Sin embargo, ese promedio oculta más de lo que muestra.

Cuando el análisis se realiza a escala de fracción censal, aparecen con claridad:

  • contrastes muy marcados entre norte y sur
  • corredores persistentes de vulnerabilidad
  • municipios que combinan áreas relativamente consolidadas con bolsones críticos muy localizados.

Distritos como Quilmes, Moreno, Merlo o Lomas de Zamora ilustran este fenómeno con claridad: no son homogéneos, están profundamente fragmentados. La vulnerabilidad no se distribuye de manera pareja; se concentra, se desplaza y se reproduce dentro del propio entramado urbano.

El problema no es el AMBA: es su fractura interna

Los datos oficiales muestran que el principal rasgo del AMBA no es un alto nivel promedio de vulnerabilidad, sino su heterogeneidad extrema.

En distancias muy cortas conviven:

  • zonas con alto acceso a servicios, educación y redes,
  • territorios con dependencia económica crítica,
  • áreas densamente urbanizadas con escasa capacidad de adaptación ante crisis económicas, sanitarias o ambientales.

El modelo urbano concentrado no elimina la vulnerabilidad; la redistribuye de manera desigual.

Rururbanidad: cuando el diagnóstico encuentra una salida

Aquí es donde el IVS dialoga directamente con el concepto de rururbanidad, los territorios con mayor vulnerabilidad estructural son aquellos que presentan:

  1. alta dependencia del ingreso monetario,
  2. baja autonomía productiva,
  3. escasa diversificación de medios de vida,
  4. desconexión entre vivienda, trabajo y comunidad.

La rururbanidad no propone “volver al campo” ni abandonar la ciudad, sino reconfigurar el territorio para reducir esas dependencias críticas:  fortalecer capacidades locales, recomponer vínculos productivos, diversificar estrategias de subsistencia y reconstruir escalas de proximidad.

El IVS no mide la rururbanidad, pero muestra con claridad por qué se vuelve necesaria.

Entonces, ¿qué cambió?

Entre 2001 y 2022 no desapareció la vulnerabilidad social en el AMBA.

Cambió su forma de organizarse en el territorio.

Los promedios bajan. Las fracturas persisten. La segregación se vuelve más fina, más localizada, menos visible sin herramientas adecuadas.

El Índice de Vulnerabilidad Social, trabajado con datos censales oficiales y con desagregación territorial, confirma que la desigualdad sigue profundamente anclada al territorio.

El IVS no es solo un indicador técnico: es un espejo y nos muestra que no alcanza con ampliar el acceso ni con mejorar promedios si no se transforman las condiciones territoriales que producen vulnerabilidad. El IVS no es una estadística neutra. Es una señal de alerta que cuando se la lee en clave territorial y a escala fina, como en el AMBA, muestra que la vulnerabilidad no es una excepción sino una condición estructural para millones de personas concentradas en un espacio densamente urbanizado, dependiente y frágil.

Los datos censales de 2001 y 2022 confirman que la mejora de los promedios no desactiva el riesgo. La fragmentación persiste, la segregación se profundiza y la capacidad real de adaptación sigue siendo desigual. En un contexto de crisis climática, energética y social en curso, esta configuración no es solo injusta: es insostenible.

Seguir organizando la vida sobre territorios altamente dependientes, desconectados de su base productiva y expuestos a eventos extremos no es una inercia inevitable: es una decisión política y cultural. Cada ola de calor, cada inundación, cada interrupción de servicios pone en evidencia los límites del modelo urbano concentrado.

Frente a este escenario, la rururbanidad deja de ser una alternativa marginal y se convierte en una estrategia consciente de supervivencia colectiva. No como retorno al pasado, sino como reorganización del habitar, la producción y los vínculos, orientada a reducir vulnerabilidades reales, fortalecer capacidades locales y reconstruir autonomía territorial.

Los censos ya hablaron. Los mapas ya mostraron las fracturas. Ahora la pregunta no es qué índice usar, sino qué territorios estamos dispuestos a construir para sostener la vida que viene.

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