Rubén Ravera, un verdadero Compañero del Camino

Al amigo 


Con Rubén Ravera nos conocemos desde 1994   y  junto a Carlos de Sanzo, comenzamos a construir lo que terminaría convirtiéndose en la Red Global de Trueque.

Éramos tres personas diferentes. Y quizás sea precisamente por eso que pudimos hacer aquello.


No teníamos el mismo pensamiento, ni la misma formación, ni la misma manera de interpretar la realidad. Tampoco buscábamos necesariamente las mismas respuestas. Lo que compartíamos era algo más difícil de encontrar: un objetivo suficientemente importante como para trabajar juntos desde nuestras diferencias.

Por eso, cuando hoy vuelvo sobre las ideas de Rubén, no intento encontrar en ellas mi propio pensamiento. Me interesa precisamente encontrar a Rubén.

El Rubén naturalista.

El Rubén ambientalista.

El Rubén museólogo.

El Rubén preocupado por la relación entre las personas, la naturaleza y los recursos.

Y también el Rubén que, muchos años antes de que estas cuestiones ocuparan el centro de tantas discusiones, comenzó a pensar el trueque como algo que podía ser mucho más que una respuesta circunstancial a una crisis económica.

El árbol y el bosque

Hay una frase suya que, con los años, fue adquiriendo para mí un significado cada vez mayor:

"El árbol nos ha impedido contemplar el bosque."

Rubén la utilizaba para señalar que la extraordinaria expansión del trueque podía hacernos perder de vista el proceso que había detrás.

Los medios podían contabilizar nodos, participantes, ferias y volumen de intercambios. Pero para él aquello era solamente lo visible. Había algo más profundo ocurriendo.

En uno de sus textos sostiene que, desde su creación en 1995, la experiencia había atravesado un proceso de evolución cualitativa y que lo verdaderamente significativo era una "construcción ciudadana" y una transferencia interpersonal que estaba generando nuevas experiencias dentro del tejido social.

Esa mirada es profundamente coherente con el Rubén que conocí. Él no miraba solamente una transacción. Miraba el sistema de relaciones que hacía posible esa transacción.

Un origen de dos corrientes

Vale la pena recordar de dónde veníamos cada uno, porque explica mucho de lo que después construimos. La idea de la red surgió en 1994 del encuentro de dos corrientes que hasta ese momento no tenían por qué cruzarse: una ecologista, ligada al Programa de Autosuficiencia Regional, y otra más vinculada al mundo profesional y empresarial. Rubén venía claramente de la primera. Su formación como naturalista y su trabajo en la conservación de un espacio como el Parque Hudson no eran un antecedente casual: eran la base desde la cual pensaba todo lo demás, incluido el trueque.

Un año después, el 1° de mayo de 1995, esa idea dejó de ser una conversación y se convirtió en un lugar concreto: un garaje en Bernal, veinte vecinos, y la decisión de intercambiar bienes y servicios sin que el dinero fuera la condición para hacerlo.

El prosumidor como protagonista

Hay otra definición suya que considero especialmente significativa:

"Los prosumidores son los pioneros de un nuevo modelo de trabajo."

Y agrega que poseen "una mezcla de atributos propios del empresario, el obrero y el político".

Hoy estas palabras pueden parecer familiares. En aquel momento no lo eran. Rubén estaba intentando describir a una persona que ya no podía ser ubicada cómodamente dentro de las categorías tradicionales.

No era solamente consumidor.

No era solamente productor.

No era solamente trabajador.

Era alguien que participaba de una red, producía, intercambiaba, tomaba decisiones y construía relaciones económicas con otros. La experiencia del trueque le permitía observar ese fenómeno antes de que existiera un lenguaje suficientemente desarrollado para explicarlo.

Más allá de la lucha

Rubén también se animó a formular una pregunta incómoda:

"¿Es posible hablar de una superación de la lucha de clases, por relaciones de cooperación entre las personas apuntando a la Equidad?"

No creo que sea necesario estar de acuerdo con toda su interpretación para reconocer la importancia de la pregunta. Rubén estaba intentando pensar si las formas tradicionales de explicar el conflicto social alcanzaban para comprender un mundo que estaba cambiando. Y lo hacía desde una experiencia concreta, no desde un escritorio.

Había visto personas que, frente a la pérdida del empleo y de los mecanismos monetarios habituales, comenzaban a producir, intercambiar y organizarse de otra manera. Por eso su reflexión no era solamente económica. Era también una reflexión sobre cómo nos relacionamos los seres humanos cuando las instituciones habituales dejan de responder.

El trabajo que viene después del trabajo

Quizás una de sus intuiciones más adelantadas aparezca cuando habla del futuro del empleo. Rubén escribió:

"El empleo, tal como lo conocemos, con el avance de la tecnología, dejará de ser abundante para convertirse en algo extremadamente escaso."

Y frente a ese escenario proponía algo que puede resultar todavía más provocador: "Entrenarnos para el ocio creativo, la recreación y la producción intelectual."

No hace falta convertir esta afirmación en una profecía. Pero sí reconocer que Rubén estaba planteando, hace ya muchos años, una pregunta que continúa abierta: ¿qué hará la humanidad cuando la tecnología pueda producir cada vez más con una participación humana cada vez menor?

Su respuesta no era solamente económica. Era cultural. Había que aprender a vivir de otra manera.

Del trueque al Museo Hudson

Hay otro aspecto de Rubén que para mí resulta inseparable de todo esto. Durante décadas desarrolló buena parte de su vida profesional en el Museo Histórico Provincial Guillermo Enrique Hudson, en Florencio Varela. Asumió su dirección en 1991, y desde ahí impulsó una proyección ambiental del museo y del parque que fue mucho más allá de lo que se esperaba de un espacio evocativo: amplió su superficie, incorporó nuevas temáticas y convirtió al lugar en lo que él mismo llamaba, con orgullo, un museo comunitario.

El ombú que inspirara el emblema del crédito del "arbolito" presente en cada encuentro


No es un dato secundario. Permite comprender que el interés de Rubén por la naturaleza no ha sido una preocupación circunstancial ni algo agregado posteriormente a su trayectoria. Forma parte de su manera de mirar el mundo. 

Cuando escribió sobre Guillermo Enrique Hudson, volvió a insistir en esa perspectiva. Defendió la necesidad de releer a Hudson no solamente como escritor y naturalista, sino como alguien capaz de aportar elementos para pensar el futuro de la humanidad frente al deterioro de la biosfera y el cambio climático.

Es decir, Rubén hace con Hudson algo parecido a lo que había hecho con el trueque: rescata una experiencia del pasado para preguntarse qué puede enseñarnos sobre el futuro.

Un compañero de una aventura que todavía no terminó

Para mí, Rubén no es solamente una referencia documental de la historia del trueque. Es un amigo y un compañero de aquella aventura que comenzó en 1995.

Y cuando miro hoy nuestras diferencias, no las considero un problema que haya que disimular. Al contrario. Rubén veía determinadas cosas que yo no veía. Carlos veía otras. Yo veía otras. No éramos tres piezas iguales que encajaban perfectamente. Éramos tres personas diferentes intentando resolver un problema que ninguno podía resolver solo.

Quizás allí estuvo parte de la fuerza de aquella experiencia. Desde un garaje de Bernal, sin los recursos económicos que normalmente se consideran necesarios para semejante emprendimiento, comenzamos a experimentar con una pregunta que todavía permanece abierta: ¿cómo puede una sociedad recuperar su capacidad de vivir y producir cuando el sistema monetario deja de cumplir la función que le atribuimos?

Lo que empezó con veinte vecinos intercambiando cosas en un garaje, en los años más duros de la crisis llegó a tener miles de nodos y a involucrar a millones de personas en todo el país. Esa magnitud, sin embargo, nunca fue lo que a Rubén más le importaba. Él seguía mirando el bosque, no el árbol.

Rubén ha abordado esa pregunta desde la cooperación, la evolución social y la sustentabilidad. Carlos desde la dimensión humana y psicológica. Yo desde la organización, la producción y la acción. Nuestras respuestas han sido diferentes.  El objetivo final era suficientemente grande como para que esas diferencias no nos separaran.

Y quizás, después de más de treinta años, esa sea una de las mejores maneras de reconocer quién es Rubén Ravera:  no por haber pensado como nosotros, sino por haber pensado desde otro lugar y haber ayudado, con esa mirada diferente, a que pudiéramos contemplar algo que de otro modo quizá no hubiéramos visto.

El árbol.

Y también el bosque.

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