La Moneda de Güemes: una Historia Argentina que casi nadie Conoce
Cada 17 de junio, cuando Argentina recuerda a Martín Miguel de Güemes, la imagen que suele aparecer es la del líder militar que organizó la resistencia en el norte y defendió la frontera de la independencia con sus gauchos.
Sin embargo, existe una faceta mucho menos conocida de su historia. Además de enfrentar ejércitos, Güemes debió enfrentar otro enemigo: la falta de dinero. Y fue precisamente esa crisis la que dio origen a una experiencia monetaria que, vista desde el presente, resulta sorprendentemente actual.
Los antiguos circuitos comerciales con el Alto Perú quedaron interrumpidos. La actividad mercantil disminuyó, la recaudación fiscal cayó y el financiamiento se volvió cada vez más difícil. La circulación monetaria se redujo, el crédito notarial se estancó y la economía salteña enfrentó un problema que la Argentina volvería a conocer muchas veces: la escasez de medios de intercambio.
Sin dinero suficiente para realizar pagos, sostener el comercio local y financiar la defensa del territorio, la pregunta era elemental:
¿Era preferible contar con una moneda imperfecta o quedarse sin moneda?
Para miles de personas que debían comprar alimentos, pagar salarios, comerciar ganado o abastecer a las milicias, la respuesta parecía evidente.
En ese contexto comenzó a circular en Salta una moneda conocida como “moneda feble” o “moneda Güemes”. Se trataba de monedas de menor ley metálica que las monedas tradicionales de plata, elaboradas por plateros —algunos clandestinos— y posteriormente selladas con la contramarca “Patria” para otorgarles una legitimidad institucional.
Roberto E. Díaz documentó que en 1817 el Cabildo de Salta debatió extensamente la circulación de estas monedas. Güemes defendió su uso frente a la oposición de sectores de la élite comercial que las calificaban de “falsificaciones”. La contramarca “Patria” fue un instrumento deliberado para legitimar el circulante y sostener las transacciones.
Sus detractores las calificaban de moneda falsa o de baja calidad. Sus defensores sosténían que permitían mantener funcionando la economía en circunstancias excepcionales. La discusión no era únicamente técnica: era política. Detrás de las críticas a la moneda feble se encontraba una pregunta que sigue vigente dos siglos después:
¿Quién tiene la capacidad de crear y legitimar instrumentos de intercambio?
La respuesta sobre si “funcionó” depende de cómo se formule la pregunta.
Las investigaciones de Nicolini y Parolo confirman que la circulación de moneda feble incrementó la disponibilidad de medios de pago y que la economía regional funcionó con una pluralidad monetaria que, lejos de ser un caos, fue una respuesta pragmática a condiciones excepcionales.
La experiencia de la moneda feble no fue una curiosidad aislada de la guerra de independencia. Fue el primer eslabón de una cadena que la historia argentina repitió múltiples veces.
Bragoni destacó que lo que sostiene estos sistemas no es la calidad técnica del instrumento monetario sino la confianza social que lo respalda. Güemes lo comprendió intuitivamente en 1817. La Red Global de Trueque lo demostró empíricamente en 2001. La ciencia económica lo confirmó décadas después.
Lo que Güemes hizo con la contramarca “Patria” es estructuralmente análogo a lo que una red de trueque hace con sus créditos: crear un instrumento de intercambio basado en la confianza colectiva, no en la garantía de una autoridad central.
Hace más de doscientos años, en medio de una guerra, Salta ensayó una respuesta. Por eso la historia de la moneda de Güemes merece ser recordada: no solamente porque forma parte de nuestro pasado, sino porque ayuda a comprender algunos de los desafíos económicos del presente y del futuro.

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